martes, 12 de abril de 2011

EL PODER ORGANIZACIONAL

El contexto socio-cultural y político de los procesos sociales en tiempos relativamente recientes ha sido marcado por la pulsión de la sociedad capitalista post-industrial, también denominada sociedad infocapitalista o de la información. Esta transformación planetaria impulsada desde el punto de vista temporal por el giro epocal posmoderno y desde el punto de vista espacial por la globalización y las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, no sólo supone implicaciones tecno-económicas, sino también aquellas que están relacionadas con el patrón cultural, sus niveles de resistencia y su diversidad. De allí que el análisis del modelo organizacional se hace considerando tanto los principios conceptuales y operativos de ambos puntos de vista, como el lugar heurístico de un nuevo estilo de racionalidad que se ha ido posicionando desde la culminación de la segunda guerra mundial. Lejos queda el perfil de racionalidad substantiva (aquella que se propone el lograr ser cada vez más humanos) en medio de una vorágine in crescendo de ratio técnica.

Este giro en las nuevas formas de acumulación capitalista, aunado al impacto del proceso de globalización internacional, pulsa en consecuencia la necesidad de repensar nuestro lugar desde el punto de vista socio-cultural y político-estratégico. Vale decir, desde nuestra perspectiva como grupos sociales anclados en la noción de Estado Nación versus la contextualidad de la sociedad del conocimiento y de los sentimientos, traducidos a través de los valores sociales. Estos cambios son aún más relevantes, en la medida en que evidencian con fuerza “la fractura del modelo cartesiano basado en la racionalidad, la lógica formal así como en el posicionamiento emergente de la intuición y la base de […] las emociones, como estatutos fundantes de una nueva episteme” (Parra, 2002).

NODOS CRÍTICOS FUNDAMENTALES EN LA CONCEPCIÓN DE LAS ORGANIZACIONES
La investigación de los nodos críticos fundamentales en el análisis de las organizaciones ha abierto nuevas perspectivas-retos desde el punto de vista de los saberes, principalmente en cuanto a una percepción de lo real en tanto despliegue de polaridades que tienen marcada influencia en el modelo organizacional. El ser humano no sólo experimenta sino que despliega pulsiones distintas a partir de estos cambios paradigmáticos que rigen la dinámica socio-histórica contemporánea. La nueva tensión ocurre a partir de lo que Jung concibe como el dilema de los opuestos complementarios. En este escenario vivencial, los seres humanos se mueven en el engranaje tensión-oportunidad-complementariedad como gestión de cambio o transformación.

Estos polos opuestos y dinámicos constituyen el escenario desde el cual es posible reflexionar el lugar de la persona traducida como máscara por la psicología analítica y la contra-polar sombra de la sociedad en la que se interrelacionan los seres humanos. La expresión de esas polaridades está representada en el ámbito socio-económico por los paradigmas tecno-económicos (Pérez) o tecno-productivos (Parra) que se contraponen y/o superponen en el escenario internacional actual: por un lado, el modelo fordista cuya contextualidad política se inscribe en el marco del rentismo como esquema de racionalidad expresada en el Estado Benefactor; y por el otro, el paradigma micro-electrónico, a partir de los cuales se posiciona y despliega una nueva subjetividad como reto al pensamiento/sentimiento posmoderno dentro de un proceso de globalización mundial.

En lo que respecta al lugar de la diversidad de prácticas culturales, como contextualidad teórico-conceptual y filosófica del cambio organizacional, vale puntualizar los siguientes ejes clave: En principio, la noción de cultura se entiende aquí como eje fundante del imaginario social; como una pulsión creadora; como voluntad que se despliega desde lo cotidiano/societal. Desde esta perspectiva, la cultura se expresa como proceso; como modelos estandarizados que expresan las tensiones que se producen en el seno de la sociedad; o como insurgencia de los sueños y del ideario social en determinados escenarios históricos. En este orden, la cultura puede desempeñar las siguientes funciones: identificar a sus miembros a través de formas de pensamiento y de vida; proponer a una sociedad modelos de conducta; y conformar la personalidad de los individuos adscritos a una sociedad dada. La cultura posee una configuración centrada en los siguientes componentes: Material: bienes de consumo, herramientas y técnicas para obtenerlos; Social: conjunto de relaciones sociales; Normativo: reglas que rigen el funcionamiento de la vida colectiva; y Simbólico: creencias y representaciones sociales.

Fischer (1990, p. 20) define la cultura como:

… el conjunto de modalidades de la experiencia social, construidas sobre unos saberes aprendidos y organizados como sistemas de signos, dentro de una comunicación social que proporciona a los miembros de un grupo un repertorio y constituye un modelo de significaciones socialmente compartidas que les permiten comportarse y actuar de manera adaptada en el seno de una sociedad.


Dentro de esta aproximación a la cultura como modelo de significaciones socialmente compartidas, puede observarse una tendencia a conceptualizar a la cultura desde la perspectiva simbólica. Desde este enfoque, la cultura se convierte en producto de la mente o un sistema de símbolos colectivos a partir de los cuales los seres humanos interpretan sus experiencias, toman decisiones y orientan sus acciones. Se puede asumir que las organizaciones, a partir de su cultura, son construcciones sociales intersubjetivas producidas mediante la interpretación continuada de las acciones e interacciones de sus miembros. A su vez, la cultura organizacional es esa intersubjetividad producida por la interacción de cada uno de los miembros de la organización y de ellos entre sí. En lo que respecta al asunto/problema de esta investigación, se estima pertinente puntualizar dos nodos críticos fundamentales: el impacto del giro epocal posmoderno y la globalización como la conformación de un nuevo enfoque del espacio social.

EL GIRO POSMODERNO EN LAS ORGANIZACIONES
El giro social posmoderno ejerce un profundo impacto en la forma de visualizar e interpretar los acontecimientos sociales. Las organizaciones y sus cambios no escapan a este descorrer de repensamientos en una sociedad cada vez marcada por las condiciones de crisis e incertidumbres. Todo ello, en medio de un giro intelectual de carácter nómada, donde todas las miradas “valen” y por lo tanto, deben sopesarse en su más abigarrada dimensión. Este giro nómada plantea una sociología posmoderna sin traumas ni complejos epistémicos y apunta hacia fundamentos “débiles”, al pensamiento discontinuo de lo irrupcional, de lo rizomático y a la “levedad de las construcciones intelectuales”. Como ya se ha dicho, la posmodernidad apunta hacia lo que denomina Maffesoli (1997) una “sociología vagabunda” en medio de la influencia avasallante de las tecnologías de la información y la comunicación. En este punto, vale la pena detenerse.

Esta nueva realidad científico-técnica supone, en primer lugar, una revisión de los elementos que definen la racionalidad burocrática, así como los relativos a las potencialidades creadoras (creatividad, flexibilidad e innovación) que entran en juego en la producción de nuevos conocimientos y del desarrollo humano en su conjunto. Atrás queda el estilo de acumulación capitalista basada en los valores rentistas, que predominó en el escenario mundial hasta mediados de la década de los ‘80 (la llamada década perdida) y generó su propia estructura burocrática basada en las líneas jerárquicas de mando y en la descripción de cargos. Este paradigma rentista tenía además la particularidad de conformar una subjetividad particular que marcaba el paso de un cierto estilo de gestión tecnoburocrática: una subjetividad centrada en la funcionalidad de la estructura y la rigidez de los procesos de comunicación y toma de decisiones. En esta formalidad gerencial, la organización se sitúa por encima de los individuos, ya que sólo basta que cumplan con las denotaciones nominales de cargos. No hay que ir muy lejos para concluir que este estilo gerencial deshumaniza las organizaciones.

A partir de la década de los años ’70 se han producido cambios significativos desde el punto de vista tecno-económico, cuya influencia en los modelos organizacionales es fundamental. Se trata de la sustitución de un factor clave de la economía por otro: del posicionamiento progresivo del factor clave microelectrónico y el desbalance del factor clave petrolero. Sin duda alguna, este proceso conlleva al surgimiento de un nuevo modelo organizacional, donde el conocimiento se percibe como valor económico y no sólo como valor cultural. Así mismo, estos giros en el campo económico trazan a su vez importantes cambios de orden filosófico y tecno-operativo: comienza cada vez más a vislumbrarse al ser humano como centro de los procesos organizacionales y se impulsa todo un andamiaje en torno a la noción de capital humano.

En este orden argumental, conviene resaltar la influencia de esos cambios en el ámbito organizacional. Vale destacar, en principio, el concepto de Organización. Según Bernard, citado por Kreitner y Kinicki (1996; p. 534) -quien se sustenta en la teoría de sistemas-, la organización es un sistema de actividades o fuerzas conscientemente coordinadas de dos o más personas. Para ser más explícitos, al hablar de coordinación consciente ésta se dividirá en cuatro categorías: coordinación de esfuerzos de los trabajadores, objetivo común (metas de la organización como un todo), división del trabajo (funciones asignadas a cada uno de los entes significativos) y jerarquía de autoridad (estructura lineal de distribución del poder). La organización como estructura tendría las siguientes características: Autoridad jerárquica, coordinación de esfuerzos, objetivo común y división del trabajo.

Esta manera de representar la realidad organizacional corresponde a una tendencia de pensamiento cartesiano y está circunscrita en la visión de unidad jerárquica de mando promulgada primordialmente por autores como Weber Taylor y Fayol, dentro de lo que se ha denominado paradigma rentista. En la actualidad, a esta concepción se le han incorporado nuevas perspectivas como la relacionada a los RRHH (recursos humanos), la teoría del comportamiento organizacional y la teoría de contingencia o situacional en los ambientes organizacionales (ecología organizacional) como avances transitivos hacia la consideración de lo humano en las organizaciones.

Las nuevas concepciones de la organización apuntan hacia la progresiva evolución del pensamiento en torno a la importancia del individuo y del ambiente en la organización. Sin embargo, sigue prevaleciendo aún en el imaginario organizacional las formas tradicionales de observar las relaciones dentro de una organización definidas desde la cadena de mando y su subsiguiente imagen de poder. Al parecer, la jerarquía cumple un papel aún preponderante en el desarrollo de las relaciones labores dentro de las organizaciones mundiales, a pesar de que existen intentos de achatar o asumir una imagen circular en el organigrama de las organizaciones. No ha sido posible destronar la imagen de un poder centralizado (alguien arriba y alguien abajo) en el imaginario de las culturas organizacionales contemporáneas.

El rescate de la noción de individuo guarda relación con una resistencia hacia la plasticidad del ideario que rige al fundamentalismo de mercado, según el cual las variables macroeconómicas y su comportamiento se colocan por encima de las necesidades estructurales y/o coyunturales de los individuos. Esta vuelta de hoja –que tiene grandes implicaciones en lo político- se expresa simultáneamente –más allá de los foros mundiales que presionan por una redefinición de las reglas del juego entre las superpotencias y los países excluidos- en un retorno hacia la espiritualidad del ser humano.

LA GLOBALIZACIÓN COMO CAMBIO CULTURAL.
El encuadre globalizador de la noción del libre mercado dentro del imaginario organizacional permite un giro hacia la nueva teoría de las organizaciones basada en la globalidad mundial; en ella, el conocimiento y la creatividad humana son vistos como la principal inversión. Los costos de la formación y perfeccionamiento orientados a mejorar la calidad de los procesos no se perciben como gastos sino como inversión. En el fin del pasado milenio, conceptos como tercera vía, reingeniería, readministración, excelencia, innovación, liderazgo, creatividad y competitividad, han servido de base para impulsar un repensamiento de la organización que toma en cuenta la excelencia y la productividad desde la preeminencia del factor humano. El énfasis se centra en el liderazgo y el despliegue del “poder de la gente”, como claves del cambio organizacional. Se trata de una combinación polimórfica de la racionalidad acumulativa del capital tecnológico con el capital social representado por los agentes sociales que intervienen en la gestión organizacional e individual.

Estos acontecimientos que ocurren en el contexto de un nuevo capitalismo y cuyo eje de desplazamiento es la globalización planetaria, es visualizada por Anthony Giddens en los siguientes términos:

..., la globalización se refiere a las transformaciones que se producen en la vida cotidiana. Uno de los mayores cambios de los últimos treinta años es la igualdad creciente entre hombres y mujeres, una tendencia que también tiene dimensión mundial, aunque todavía quede mucho por hacer. Esta evolución está relacionada con los cambios en la familia y en la vida emocional en general, no sólo en las sociedades occidentales sino, en mayor o menor medida, en casi todas partes. (Giddens, 2001; p. 14)

Giddens pasa revista a los cambios profundos que ocurren en la visión de hombre y mundo desde el proceso de globalización mundial. La globalización nos permite, según este autor, transformarnos en una nueva sociedad global donde es importante repensar las concepciones de lo individual y lo colectivo, así como lo individual frente a las diversidades.

En lo que respecta al rol del Estado, Giddens (1998) argumenta que le corresponde al Estado responder estructuralmente frente a la globalización. “Los neoliberales –dice- quieren reducir al Estado; los socialdemócratas, históricamente, han buscado insistentemente expandirlo. La tercera vía plantea que lo necesario es reconstruirlo -ir más allá de aquellos derechistas ‘que dicen que el gobierno es el enemigo’ y de aquellos izquierdistas ‘que dicen que el gobierno es la solución” (p. 86)


Para Giddens (1998) una posible salida sería la democratización de la democracia, la cual implica una descentralización como proceso bidireccional y multipolar que permita la participación de los ciudadanos y eliminar la corrupción. Estas apreciaciones significarían “considerar la subsidiaridad como algo más que un término doctrinal; es la forma de construir un orden político que no sea ni un súper-estado ni únicamente un área de libre comercio, y al mismo tiempo otorgue al Estado una influencia renovada” (Giddens, 1998; p. 89) De este modo, podría reafirmarse la autoridad del Estado Nación.

Los planteamientos de Castells (1998) giran en torno a los cambios que ocurren en los factores de acumulación en la sociedad informacional y sus impactos en la visión organizacional en red. En este sentido, examina los alcances de la reorganización del Estado. En lo que respecta al Estado y su modelo organizacional, señala que dichos cambios responden al valor preeminente del enfoque sistémico como principio del nuevo orden centrado en las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Al respecto, dice:

Así surge un nuevo Estado, que no es el Estado Nación, pero que no elimina el Estado Nación, sino que lo redefine. El Estado que denomino Estado Red se caracteriza por compartir la autoridad (o sea, la capacidad institucional de imponer una decisión) a lo largo de una red de instituciones. Una red, por definición, no tiene centro, sino nodos, de diferentes dimensiones y con relaciones internodales que son frecuentemente asimétricas (Castells, 1998; p.14)

Para Castells las dimensiones sociales adquieren esta nueva forma de organizarse en términos innovadores: la red, entendida como imagen organizacional sinérgica. La nueva organización no posee centro, sino “nodos” de diferentes longitudes y de relaciones internodales, por lo general asimétricas; cada uno de ellos es de vital importancia para la totalidad de la red. Visto así, el Estado-Nación se convierte en una imagen de articulaciones con el universo marco -instituciones transnacionales- y el micro-universo formado por las instituciones regionales y locales.

Castells (1998; p. 15) afirma: “Este tipo de estado parece ser el más adecuado para procesar la complejidad creciente de relaciones entre lo global, lo nacional y lo local, la economía, la sociedad y la política, en la era de la información”. La promulgación del Estado-Red determina un complejo y extraordinario cambio social y tecnológico y constituye el correaje de un amplio debate en torno al rol estratégico de nuestras organizaciones.

Desde otra perspectiva, se argumenta en torno a la importancia de la historia de la humanidad en los cambios de la visión de la organización y se resalta la cosmovisión que ha generado el efecto de la 2° Guerra Mundial en cuanto a “… articular una de las soluciones de la problemática generada como efecto de la posguerra. Se destaca el concepto de una paz fundamentada en la seguridad colectiva” (Caro, 2001: p. 47). Por otra parte, se enfatiza:

Somos el resultado de nuestra forma de pensar y ver las cosas, como individuos, como organización y sociedad, desde donde reflejamos la proyección de nuestra autoimagen. Por lo cual, no hay otra alternativa que comprender la tarea de los reaprendizajes de socialización y creación de los nuevos conocimientos para abordar con mayor conciencia humana y social el desarrollo de la vida del siglo XXI (Caro, 2001; p. 49)

En ese mismo orden argumental se expresa: “Los procesos organizacionales, centrados hasta entonces, en la productividad y búsqueda de la eficiencia, debían ser superados por la efectividad y el logro de los resultados en el entorno, que cada vez demandaban más de bienes y servicios y exigían mejorar la calidad de vida” (Caro, 2001; p. 50) Esto tiene como consecuencia, un cambio en la imagen del poder que tiende a centrarse en el ser humano y la calidad de vida.


Los matices del imaginario de las organizaciones descritos en este capítulo, vislumbran, en lo que al poder respecta, una representación organizacional basada en la tendencia dulciamarga hacia el achatamiento o la horizontalidad de las organizaciones. Se dice dulciamarga, ya que la imagen de poder vertical pulsa las estructuras hacia una representación del poder basada en el control y la manipulación. Esto torna prácticamente cuesta arriba el proceso de revertir la tendencia hacia una horizontalidad organizacional fundamentada en valores compartidos para triunfar en una cultura sana. Indudablemente, también se afecta la apertura a la participación y el empowerment. Aunque en la actualidad se hable de tendencias organizacionales basadas en la horizontalidad como parte de un tesoro preciado, es evidente que en Latinoamérica –como en otras partes del mundo globalizado- existen obstáculos político-culturales, sociales y económicos que impiden este tipo de transformaciones estructu-coyunturales.

Tomado de: ANÁLISIS PSICO-ARQUETIPAL DE LAS ORGANIZACIONES EDUCATIVAS (2005). Tesis Doctoral. Autor: Dra. Mylene F. Rivas R.